martes, 17 de abril de 2018

Crónica de Bresnius · XXIV

24 de tarsakh del año 1368 CV
Antiguo templo de Tyr al Suroeste de Sturnheim, Valle de la Pluma

Rápidamente tras la concatenación de cruentos enfrentamientos, Bathory destruye los huesos que cuelgan en la estancia en la que nos hemos enfrentado a los hombres-rata, pues según ella son un amuleto de protección contra el bien que utilizan estos licántropos. Mientras, me quedo absorto en mis pensamientos. Debo enviar varias cartas en cuanto pueda.

De repente, oigo ruidos de refriega. Durante mi distracción, mis compañeros han explorado la zona Sur de la caverna bajo las ruinas del torreón. Cuando les alcanzo, varios enanos duergar de la Suboscuridad y sus monturas arácnidas les están combatiendo. Mayal en mano, me uno a la contienda y conseguimos reducirlos, no sin laceraciones y magulladuras. Han aparecido de la nada, son invisibles en la oscuridad. Aunque no me parece buena idea, recorremos el camino que los duergar parecían custodiar y que se adentra en las profundidades. Tras un buen trecho, descubrimos un refugio oculto con comida de los duergar y pergaminos. A pesar del desconcertante lenguaje en el que están escritos, se trata de conjuros de origen divino que puedo utilizar.

Regresamos a la caverna bajo el torreón derruido y encontramos una habitación bien amueblada, decorada con lujosos tapices, donde una araña permanece atada, como si de un animal doméstico se tratase. Desde luego, la Suboscuridad es un mundo muy extraño. Antes de que queramos darnos cuenta, otro duergar surge de la nada y nos ataca. Parece de mayor rango que los anteriores. Viste una armadura de placas y porta un vistoso medallón al cuello. Utilizando uno de sus propios pergaminos, logro hacer que se rinda el tiempo suficiente como para que mis compañeros le desarmen. Aun así no se rinde. Le atacamos, pero se vuelve a hacer invisible y logra huir. Astric y Tomas salen tras él y finalmente logran encontrarle gracias a una pequeña trampa sonora que la intrépida mediana colocó en la salida hacia las profundidades. Tras derrotarle, Bathory se hace con su medallón, Astric con su espada y Tomas con su formidable martillo de guerra; todo ello imbuido por el poder de la Urdimbre. Nos deshacemos de la peligrosa araña, y en un cofre de la estancia, encontramos 1.000 monedas de oro y una pequeña maza, también encantada, que puedo manejar. Me será de gran utilidad.

Continuamos buscando pistas sobre Astara o Nedrezar, pero en lugar de ello nos encontramos con un comedor. Al entrar para investigar, tres duergar surgidos de nuevo de de la nada se abalanzan sobre Bathory. La lucha es dura, y nuestra aguerrida compañera camina durante un breve tiempo por el filo de la muerte. Me alejo del combate para atenderla y evitar que fallezca. En cuanto caen los enemigos, llevo a Bathory a la habitación del duergar de mayor rango, parece el sitio más seguro. Mientras, Astric y Tomas revisan la estancia junto al comedor. Allí encuentran a tres seres de la Suboscuridad esclavizados por los duergar: un gnomo de las profundidades, a quien liberan, una elfa drow y un goblin, con quienes acaban. A su regreso descansamos un día entero hasta que nuestra compañera se repone. Parece que ya no hay más duergar merodeando por estas oscuras estancias subterráneas.

A la mañana siguiente visitamos la laguna, y ante nosotros se presenta Rajisa, su guardiana, una impresionante y majestuosa naga, mitad enorme serpiente, mitad mujer, e impregnada de enormes poderes mágicos. Reconoce que nos hemos impuesto al resto de criaturas que habitaban la caverna, y cree que ahora somos sus servidores. Es libre de pensar lo que desee. De sus crípticas respuestas solo atisbamos que Valdar y sus compañeros se traicionaron entre ellos, y que una capilla tras de sí custodia aquello que Nedrezar teme y ansía. Pero antes de acudir ahí, tenemos que asegurar la caverna, no queremos más ataques por la espalda. Mientras no perturbemos la laguna no tendremos problemas con su poderosa guardiana.

Bresnius de Mystra, servidor del Misterio


D&DNaga.JPG
Naga, por Dave Shuterland III (1977)

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